Hay momentos en la vida que se sienten como un ascenso. Literal y figuradamente.
Hace poquito que me mudé y todavía estoy acomodando el nido. Mi nuevo refugio, mi estudio, está en el segundo piso. Para llegar tengo que subir por una escalera caracol. Cada escalón es un giro, una vueltita sobre mi propio eje, como si el mismo camino me fuera preparando para dejar atrás el ruido de la casa y los juguetes desparramados, para poder entrar en mi mundo.
Ahí arriba, entre los libros del Máster y los apuntes del segundo cuatrimestre, el estrés se siente pesado. Esa presión de querer rendir bien, de no fallar, de ser la profesional que sueño ser sin dejar de ser la mamá presente que mis hijos necesitan.
Hace unos días subí con el peso de los exámenes en los hombros. Pero apenas entré, algo rompió el silencio de mi concentración.
En mi escritorio, justo arriba de mis apuntes, había una libélula.
Y no era una chiquitita, eh. Era imponente, enorme, con unas alas que parecían hechas de cristal y plata. Estaba ahí, atrapada entre el vidrio de la ventana y mi propia ambición, luchando por salir. En ese momento, les juro, no me nació para nada sacar el celular para filmarla; me nació quedarme ahí, quieta, presente, eligiendo vivirlo en lugar de registrarlo.
Volver a mi lugar para poder volar. Señales
Mientras la miraba, caí en la cuenta de dónde estoy. Estoy en Alta Gracia. Volví a mi lugar, a este aire que me calma el alma. Mis seres queridos están cerca, mi familia está bien y yo… yo finalmente estoy donde quiero estar. Pero a veces, el lío de las metas nos hace olvidar el paisaje que tenemos frente a los ojos.
La libélula estaba desesperada. En lugar de asustarme o sacarla a las apuradas, me frené. La miré y sentí que ella era un espejo de mi propio estado: muchas veces nos encerramos en cajas de cristal llamadas "deber ser", intentando volar a los cabezazos sin ver que la salida es mucho más simple.
Muy despacito, le abrí la ventana. La vi salir al cielo, recuperar su libertad y perderse.
Pero lo más increíble estaba por venir. Los dos días siguientes, hasta el momento en que rendí, esa libélula se convirtió en mi sombra. Ya no estaba solo en el escritorio; me seguía por donde estuviera en la casa. Entraba, volaba cerca de donde yo estaba y se quedaba quietita, como custodiándome, acompañándome en el silencio de mi estudio o en el caos de la mudanza. A veces salía un rato a volar afuera, pero al ratito volvía a entrar, como quien sale a tomar aire y regresa a su puesto de guardia. Estaba de visita, sí, pero de una visita comprometida, de esas que te dicen "acá estoy, no le aflojes".
No importaba la hora ni lo que yo estuviera haciendo, ella estaba ahí. Y, créanlo o no, en el momento exacto en que terminé de rendir, no la vi más. Cumplió su misión de guardiana y se retiró en silencio, dejándome la paz del deber cumplido. La más hermosa de las señales.
¿Casualidad o señal?
Después de que se fue, me quedé pensando y me puse a averiguar un poco. Leí que estas visitas simbolizan la transformación, la renovación y la buena suerte. Dicen que aparecen como un recordatorio para abrazar el cambio, para ser más adaptables y para no dejar de crecer nunca. ¿Qué querés que te diga? Quizás para algunos sea solo una coincidencia, una libélula que se desorientó y entró por la ventana abierta… no lo sé. Pero yo, que creo profundamente en las señales, en que nunca estamos solas, prefiero sentirlo así. Siento que fue un mensajito de Dios, una caricia al alma para decirme que voy por buen camino, para darme un respiro y un poquito de paz.
El mensaje para vos (y para mí)
Si estás leyendo esto y sentís que la presión te quita el aire; si sos mamá y estás haciendo malabares imposibles entre un estudio o quizás el trabajo y el corazón puesto en tus hijos... te pido que busques tus propias señales. La libélula no entró a mi casa por error, vino a recordarme que cuando actuamos desde el amor y no desde el miedo al resultado, el peso se vuelve más liviano. Me enseñó que elegir la paz, aunque sea en una pausa de cinco minutos para observar lo que nos rodea, nos da muchísima más claridad que horas de esfuerzo agotador.
No te olvides que ella vive mucho tiempo bajo el agua antes de desarrollar esas alas increíbles; quizás este cansancio de hoy sea solo tu etapa previa para el vuelo más alto de tu vida. Confiá en tu propia transformación y recordá que, aunque el camino sea en caracol y a veces nos maree, nunca estamos solas. Hoy mi estudio ya no es solo una oficina, es mi observatorio de señales donde aprendí que ya tengo las alas que necesito.
Estoy bien. Estamos bien. Vamos por buen camino.
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